La capital alemana ha ganado la guerra del patrimonio del techno y sin disparar una sola bala. Le ha bastado con la burda y tramposa burocracia de la UNESCO.
Texto: Fernando Fuentes
Recientemente Berlín logró lo que los puristas de la electrónica llevaban años reclamando: que el techno sea Patrimonio Cultural Inmaterial. Sobre el papel, suena a victoria, a justicia para el baile. En la práctica, huele a ese tipo de blanqueamiento institucional que prefiere el brillo del neón al sudor de la historia.
Dice la UNESCO que esto fomenta el “respeto mutuo por otras formas de vida”. Resulta casi tierno si no fuera porque, para elevar al altar la cultura de clubes berlinesa, han tenido que aplicar una amnesia selectiva de dimensiones industriales.
El techno no nació en el búnker de un club de Mitte tras la caída del Muro; surgió en el vacío sideral y la ruina de Detroit. Fue la respuesta tecnológica de la juventud negra -los nietos de la Motown- al colapso del sueño americano.
“El techno no nació en el búnker de un club de Mitte tras la caída del Muro; nació en el vacío sideral de Detroit”.
Sin Detroit no hay Berlín. Sin Juan Atkins, Derrick May o Kevin Saunderson, la “banda sonora del optimismo” alemana sería hoy un silencio incómodo. Pero en el comunicado oficial de la comisión alemana, Detroit brilla por su ausencia. Prefieren hablar de “cultura DJ” y “desarrollos musicales diversos”. Es la vieja táctica del colonizador cultural: quedarse con el ritmo y tirar el contexto por la ventana.
“Lo de la UNESCO no es solo una medalla; es un síntoma”.
Mientras la diáspora africana ha puesto el ritmo a casi todo el Siglo XX, su presencia en estas listas de protección es residual. La capoeira, el reggae o la bachata son excepciones en un catálogo que parece mirar a Occidente con lupa y al resto del mundo con cataratas.
“Eso deja a los fundadores del techno en una tierra de nadie diplomática”.
El problema añadido es el vacío legal del origen. Estados Unidos, en su habitual desconexión con los organismos internacionales, sigue sin ratificar la Convención de 2003. Eso deja a los fundadores del techno en una tierra de nadie diplomática: no pueden reclamar su herencia porque su propio país no reconoce la importancia de proteger lo que no se puede comprar ni vender.
“Han puesto al techno en una vitrina muy bonita, como a las máscaras africanas”.
Al final, la UNESCO ha hecho con el techno lo que los museos europeos hicieron con las máscaras africanas: las han puesto en una vitrina bonita, con una luz perfecta y un cartel que dice “Propiedad del Estado”.
Berlín lo celebrará con una rave oficial. Mientras tanto, en Detroit, las máquinas siguen sonando, ignoradas por los presuntos notarios de la cultura, pero libres de etiquetas de mármol.
Pero que nadie se equivoque, el techno siempre fue y será el futuro. Lo que nadie nos dijo es que el pasado se podía robar con tanta jeta, desde un lujoso despacho.


