Dicen por ahí, entre gradientes pastel de Canva y resúmenes con aroma a plástico quemado dictados por el ChatGPT de turno, que la cultura de club ha muerto. Lo afirman con la ligereza del que nunca ha visto amanecer en una pista sudorosa. Y todo ello con la suficiencia acartonada de esos nuevos analistas de dormitorio que confunden los likes de Instagram con el latido de un soundsystem.
Texto: Fernando Fuentes
Nos inundan las redes con carruseles infográficos que diagnostican el deceso de la rave. Firmados por DJs de tercera división reconvertidos a gurús de la industria que, casualmente, pinchan menos que el sastre de Tarzán pero pontifican más que el Papa. Qué fatiga, de verdad. Qué sobredosis de postureo digital para tapar lo evidente: el vacío.
“DJs de tercera división reconvertidos a gurús de la industria que, casualmente, pinchan menos que el sastre de Tarzán pero pontifican más que el Papa”.
El debate real propone, no sin cierta desesperación romántica, obligar a los inquilinos de la cabina a pinchar un mínimo de un 50% de música nueva por set.
Y uno no puede evitar sonreír con una mezcla de nostalgia y escepticismo. La idea es hermosa, un misil directo a la línea de flotación de esa hauntología colectiva en la que nos hemos instalado. Donde estrellas planetarias llenan estadios fusilando los grandes éxitos de Usher o Franz Ferdinand para una masa enfebrecida de nativos digitales.
“El problema no es el porcentaje de novedades; el problema es la pérdida de la poética, del sentido y de la coherencia”.
El algoritmo nos ha vuelto cobardes. Hemos cambiado la exploración salvaje por la zona de confort con pulsera VIP. Pero se equivocan en el diagnóstico. El problema no es el porcentaje de novedades; el problema es la pérdida de la poética, del sentido y de la coherencia.
El oficio de DJ no consiste en rellenar una hoja de Excel con lanzamientos de la semana para cumplir una cuota reglamentaria. Consiste en narrar una historia impredecible. En poseer esa sensibilidad casi mística para leer una pista. Y, sobre todo, saber cuándo hay que acariciar o cuándo hay que golpear.
“Música para los ojos, no para el alma. Es el triunfo del efectismo sobre la narrativa”.
Hoy, desgraciadamente, impera la “clip-ificación”. Se trata de sets de dos horas estructurados como una sucesión histriónica de drops de dos minutos. Diseñados exclusivamente para que el chaval de la primera fila grabe un vídeo en vertical. Lo suba a TikTok y la rueda del engagement siga girando. Música para los ojos, no para el alma. Es el triunfo del efectismo sobre la narrativa.
“El oficio de DJ consiste en narrar una historia impredecible, en poseer esa sensibilidad casi mística para leer una pista y saber cuándo hay que acariciar o cuándo hay que golpear”.
De esta farsa digital también se sale, claro que sí. Pero se sale volviendo a las catacumbas. Regresando al respeto por el productor que se encierra en el estudio a esculpir texturas analógicas ajenas al dictado de las tendencias de moda.
“Y a nosotros, que nos quiten lo bailado”.
Menos mirar la pantalla del teléfono y más mirar a los ojos del que tienes al lado en la pista. Necesitamos que las cabinas vuelvan a ser espacios de resistencia cultural. Y no pasarelas de influencers con auriculares colgando. Que lo que suene en el club siempre sepa a autenticidad, a riesgo y a sudor limpio. Todo lo demás es humo, ruido y algoritmos de cartón piedra.
Y a nosotros, que nos quiten lo bailado. O mejor dicho, que nos dejen seguir bailando de verdad.


