Anatomía del subidón (eso que te vuela la cabeza)

La arquitectura del flow: del drop de Jeff Mills al algoritmo de la pantalla de tu iPhone.

Texto: Fernando Fuentes

Cualquiera que haya sudado en una pista de baile sabe que la música no es solo sonido; es una droga física. Una caída perfecta de graves desata la euforia colectiva. El cuerpo reacciona en milésimas. El tiempo se disuelve en el aire húmedo del club. La conciencia se reduce a un presente continuo, asfixiante y liberador.

“La música es lo de menos; lo que importa es el secuestro…”.

Uno va a la pista de baile a perder cosas. El sentido de la orientación, el pudor, el miércoles de la semana pasada. Quien haya estado allí abajo, con la nuca empapada y una caída de graves dándole en el esternón, sabe perfectamente que la música es lo de menos; lo que importa es el secuestro. El cuerpo va por libre, las agujas del reloj se derriten y la cabeza se queda limpia, reducida a un presente casi animal.

Los psicólogos, que siempre le ponen nombres aburridos a las cosas hermosas, lo llaman “estado de flujo”. Lo inquietante no es que ocurra en un sótano oscuro a las cuatro de la mañana; lo que impacta es que ese mismo magnetismo, esa hipnosis mística, la están copiando ahora los ingenieros que diseñan las pantallas, sea cuales fuere, que miramos antes de ir a dormir.

“Tú sabes que el golpe va a llegar, pero no sabes cuándo. Y ahí, en ese no saber, está la trampa”.

Un set de techno de verdad nunca es una fila de canciones puestas una detrás de otra, como quien aparca coches. Los tipos que saben de esto, los cirujanos como Nina Kraviz o la leyenda de Jeff Mills, manejan el tiempo con una crueldad maravillosa. Te van armando una tensión en el pecho, la sostienen en un hilo invisible que parece que se va a romper, te la quitan un segundo para que respires y, de golpe, te devuelven el ruido en la cara. Tú sabes que el golpe va a llegar, pero no sabes cuándo. Y ahí, en ese no saber, está la trampa. El público de clubbing sabe perfectamente que el clímax se aproxima, pero carece de la coordenada exacta del impacto. Esa incertidumbre calculada es el motor de todo.

“Nuestro cerebro premia sobre todo la dulce y tensa agonía de la expectativa

Neurológicamente, la anticipación es una fábrica masiva de dopamina. Nuestro cerebro no premia únicamente el golpe definitivo del bombo a cuatro negras; lo hace, sobre todo, durante la dulce y tensa agonía de la expectativa. Esta vieja conocida de la psicología motivacional explica por qué seguimos atrapados persiguiendo experiencias basadas en el bucle infinito de tensión y resolución.

El truco, claro, ha saltado de la pista a los teléfonos móviles. La industria del entretenimiento digital ha entendido que el secreto de la atención es el mismo que el del club. Uno ve portales y guías del sector del juego y los casinos online, y lo que encuentra ahí dentro es exactamente la misma ingeniería del deseo: mecánicas transparentes, calculadas al milímetro, diseñadas para que no te vayas nunca.

“Las pantallas ya causan el mismo efecto que un live de techno en el Sónar”.

Las pantallas tienen ya el mismo efecto que un live de techno en el Sónar. Así te cambian el ritmo, te prometen una recompensa que varía y te fabrican una escena a medida para que te olvides de que fuera hay un mundo con luz del día. Al final resulta que la música y el código informático se parecen en lo fundamental: ambos saben que, si nos manejan bien la espera, somos capaces de quedarnos a vivir en cualquier otra parte, como cantan Dorian, o en ninguna.

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