¿Por qué nos vuela la cabeza la música ultrarrepetitiva?

Intentamos descifrar el enigma en tierras africanas… ¿te apuntas al viaje?

Es casi medianoche en Essaouira, esa joya ventosa de la costa marroquí que late a un ritmo distinto. El verano aprieta, pero la brisa marina muerde con ganas. la peña se apelmaza, manos en los bolsillos y barbillas hundidas, buscando calor en la comunión colectiva. Estamos en los márgenes de una marea humana de miles de almas, hombro con hombro, hipnotizados ante un escenario que escupe luz y flanqueado por muros de sonido que imponen respeto.

Hay quien baila como si no hubiera un mañana; otros simplemente se balancean, entregados al vaivén.

Algunos se quedan petrificados, ojos chapados, con la mente viajando por dimensiones paralelas. A mis espaldas, unos chavales en chándal se las ingenian para liar un petardo. Ojeando con disimulo por si asoma la madera. Entre el gentío, mujeres con hiyab maniobran con carritos de bebé en una estampa de puro contraste.

“Aquí no hace falta un bombo a negras que te dicte el paso…”.

De pronto, un latido orgánico y sutil brota de los altavoces: son los krakebs, esas castañuelas metálicas que son el alma de Marruecos. Entrelazándose en una danza infinita con el punteo grave y magnético del gimbri. Aquí no hace falta un bombo a negras que te dicte el paso; el público se rinde ante esa elegancia minimalista. A medida que la percusión se martillea en bucle, el tiempo se estira como un chicle y la conciencia empieza a flotar.

Estamos ante el Gnawa, esa música espiritual de trance puro que nace en las entrañas del Magreb

Un sonido meditativo y ancestral que ha arrastrado a medio millón de buscadores de ritmos hasta este Festival Gnaoua. Durante un fin de semana, Essaouira no duerme: el programa oficial estalla frente al puerto mientras, en cada esquina, músicos callejeros hechizan a pequeños grupos y los mercaderes hacen su agosto con los turistas quemados por el sol. De día, la ciudad es un estallido de color y alegría, todos seducidos por ese groove hipnótico que hace que la población de la ciudad se multiplique hasta niveles de locura.

El Gnawa no es solo música; es un ritual de resistencia y una vía directa al trance que ha sobrevivido siglos. Pero, ¿qué tiene la repetición que nos ancla al suelo mientras nos eleva el espíritu?

La repetición no es monotonía; es una herramienta de precisión quirúrgica diseñada para liberar la mente.

Cuando el loop se apodera de la pista, el ego se disuelve y lo único que queda es el presente absoluto. Es el mismo principio que rige en las iglesias de Detroit o en las dunas de Marruecos: el ritmo como plegaria.

La música ultrarrepetitiva funciona como un espejo: si te quedas el tiempo suficiente frente a ella, acabas viendo partes de ti mismo que el ruido del día a día te oculta.

Esa es la magia que se respira en Essaouira. No es solo un festival, es una zona de autonomía temporal donde el tiempo lineal salta por los aires. Los músicos, con sus túnicas de colores vibrantes y sus movimientos rítmicos, actúan como chamanes modernos. El gimbri marca el pulso del corazón y los krakebs son el metrónomo de una conciencia colectiva que late al unísono.

Somos ritmo, vibración y que, a veces, la única forma de encontrarse es perdiéndose en el bucle

Al final, ya sea en un club oscuro de Berlín o bajo las estrellas de la costa africana, la música ultrarrepetitiva nos recuerda lo más básico: que somos ritmo, que somos vibración y que, a veces, la única forma de encontrarse es perdiéndose en el bucle.

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