Uno abre el móvil por las mañanas y se encuentra con que el mundo se ha llenado de filósofos de la electrónica con la carrera recién terminada en Canva. DJs de segunda división que de repente, coincidiendo con la llegada de ChatGPT, han descubierto que son analistas de la industria y dicen que el club ha muerto.
Texto: Fernando Fuentes
Te lo explican todo en seis diapositivas con degradados de color pastel y palabras que parecen sacadas de un folleto de contabilidad. Dicen que el club ha muerto. Lo dicen con la misma solemnidad con la que se anuncian las peores noticias. Pero en realidad solo están buscando el aplauso fácil del algoritmo. Lo preocupante no es el envoltorio, sino que debajo de toda esa tontería digital hay una verdad incómoda: a la música electrónica se le está poniendo cara de viejo, aunque sea guapo como en este caso…
“Pero aquello no era el futuro, era otra cosa”.
Vimos hace poco a Fred Again.. llenando el Ally Pally, pinchando a Usher y metiendo clásicos con una alegría que conmovía a los chavales. Estuvo bien, claro. Fue divertido. Pero aquello no era el futuro, era otra cosa. Era una sesión de espiritismo a gran escala. Nos hemos vuelto unos nostálgicos incurables, unos yonquis de los años noventa que prefieren refugiarse en el recuerdo idealizado de una rave que no vivieron antes que mirar hacia adelante.
“Hay que cambiar el enésimo tema de Hawtin por sonidos nuevos”
La propuesta que lanzamos los críticos es casi una cuestión de decoro: o pincháis al menos la mitad de música nueva en cada sesión o dejáis los auriculares en un cajón. Hay que echar a los fantasmas de la cabina. Hay que cambiar el enésimo tema de Hawtin por sonidos nuevos, por mezclas que muerdan, por algo que no sepamos de memoria antes de salir de casa. Si la electrónica deja de arriesgar, se convierte en un museo. Y allí se mira, pero no se baila.
“La única salvación para la noche es radical: hay que prohibir los teléfonos en la puerta”.
El otro gran drama es el de las pantallas. Los clubes buscan desesperadamente a la Generación Z, pero los jóvenes han descubierto que no necesitan al club porque ya tienen toda la música del mundo en el bolsillo. Van a los sitios a certificar que han estado allí, no a vivir la experiencia. Vivimos todos en una hipervigilancia constante, con el miedo sordo a que nos grabe una cámara ajena en el peor momento de la noche. La única salvación para la noche es radical: hay que prohibir los teléfonos en la puerta. Pero de verdad, a rajatabla. El club tiene que volver a ser ese territorio sagrado del anonimato, de lo efímero, un lugar donde uno pueda ser libre y perderse un rato en la oscuridad sin dejar rastro en la nube. Lo que pasa en la pista debe pertenecerle solo al sudor y a la memoria de los que estaban allí.
“Seamos serios: la electrónica nació y creció al calor de los estados alterados de conciencia”.
Y luego está esa corriente del bienestar, ese puritanismo moderno con etiqueta de hashtag que pretende convencernos de que las fiestas sin alcohol, ni drogas, son el futuro de la cultura. No se trata de hacerle el juego a las grandes marcas de destilados o a los narcos, ni de obviar que es un peligro que el arte dependa de lo que se recaude en una barra. Pero seamos serios: la electrónica nació y creció al calor de los estados alterados de conciencia. Pretender que la noche sea un lugar higiénico, seguro y perfectamente previsible es quitarle toda su mística contracultural. Además, mientras nadie invente otra forma de pagar el alquiler de los locales, vaciar las barras es acelerar el cierre de los pocos templos que nos quedan.
“¿Seremos capaces de salvar el factor humano en el club?”.
La pregunta que flota en el aire no es si sobreviviremos a las modas o a los teléfonos. La verdadera pregunta es si seremos capaces de salvar el factor humano, ese milagro que ocurre cuando la música y la carne se juntan en una sala oscura y se olvidan de todo lo demás. O reaccionamos pronto, o terminaremos en una discoteca impecable, perfectamente sana y silenciosa, bailando con maniquíes que se parecen demasiado a nosotros mismos.
Nota autor: Maestro Moroder, perdone usté, pero la foto nos venía al pelo…


