Con más de tres décadas gastando suelas en las pistas y quemando pestañas en las redacciones de la prensa musical, a uno le quedan pocas cosas intactas bajo la piel, salvo el instinto y una vieja capacidad de asombro. Lo sucedido en Buscastell (en la foto) no es una simple anécdota de verano; es el síntoma definitivo de una industria que parece devorarse a sí misma.
Texto: Fernando Fuentes
Ver a artistas de la talla internacional de Sébastien Léger, WhoMadeWho o Seth Troxler en el cartel de un evento clandestino con más de mil asistentes no es una casualidad. Es la profesionalización de la ilegalidad. Ya no hablamos de cuatro amigos con un generador y un par de bafles en mitad del campo. Lo hacemos de macroestructuras con catering, ambulancias y proyecciones de vídeo de última generación. Y tres pistas de baile operando al margen de toda norma. Un festival encubierto bajo el manto de la exclusividad underground.
“La música no va a parar, pero las reglas del juego en la isla blanca acaban de saltar por los aires”.
El clubbing en España, y de manera muy especial en Ibiza, siempre ha cabalgado entre la cultura del hedonismo y la rigidez de la normativa mercantil. Que la asociación Ocio de Ibiza hable ahora de un “punto de inflexión” y exija cláusulas de exclusividad penalizando a los DJs es un movimiento lógico. Pero llega tarde. Durante años, la línea entre la vanguardia secreta y el negocio corporativo ha sido peligrosamente delgada.
“Si los grandes clubes cumplen su amenaza y vetan a los DJS que jueguen a dos bandas, la escena cambiará radicalmente”.
La música electrónica es cultura, es baile y es libertad; pero la masificación irresponsable disfrazada de “fiesta secreta VIP” pone en jaque la seguridad y el respeto a la propia isla. El foco ya no está solo en los promotores piratas, sino en el propio artista. El DJ, que antes era un prescriptor cultural, hoy se enfrenta a un dilema moral y contractual: alimentar el circuito regulado que sostiene la industria musical o sucumbir al cheque y al misticismo de las sombras.
Si los grandes clubes cumplen su amenaza y vetan a los DJS que jueguen a dos bandas, la escena cambiará radicalmente. La música no va a parar, pero las reglas del juego en la isla blanca acaban de saltar por los aires.

