A Ricardo te lo imaginas siempre saliendo de un sitio donde los demás ya no recordamos cómo entrar. Tiene esa mirada del que ha visto el amanecer tantas veces que ya no sabe si el sol sube o baja, ni le importa un carajo.
Texto: Fernando Fuentes
Nos lo han vuelto a poner en una portada post-veraniega, cinco o seis horas de charla en su búnker de Berlín, y el tío se ríe en la cara del periodista porque sabe que intentar explicar su música es como intentar explicar por qué te enamoraste de aquella persona que te destrozó la vida: una pérdida de tiempo hermosa.
“El minimal era eso”.
El minimal era eso. Una cosa que parecía que no iba a arrancar nunca y que, cuando te querías dar cuenta, te había robado cuatro horas de juventud en una pista de baile con olor a cemento y sudor. Hubo una época en la que el techno iba de prisa, como si los DJs tuvieran que fichar en una fábrica. Llegó este chileno con cara de haber dormido poco y de saber mucho, y decidió que el bombo podía esperar. Que entre un golpe y el siguiente cabía una conversación, un cigarro y media vida.
“A Ricardo le han llovido palos toda la vida”
Dice que lo suyo está entre lo superficial y lo profundo. Que es una forma elegante de decir que le da exactamente igual lo que pensemos. Que si pincha al revés, que si sus discos son bucles infinitos para gente que no quiere irse a casa, que si es el rey de un after que nunca termina como aquella mítica sesión suya en el Electrosplash del 2004. Pero es que los puristas de la electrónica tienen una rigidez mental que asusta; quieren que el ritmo sea como el horario del tren suizo. Y la vida, la noche de verdad, se parece mucho más al feliz caos de Ricardo que a una hoja de Excel.
“Verlo pinchar es asistir a un milagro raro”
En estos tiempos idiotas donde todo el mundo busca el vídeo de quince segundos, el subidón rápido y el drop que te vuele la cabeza para subirlo a una red social, Villalobos sigue a lo suyo.
Sus temas duran veinte minutos porque le da la gana. Porque el tiempo no es lo que dice el reloj de la muñeca, sino lo que tarda en deshacerse un hielo en el vaso.
Verlo pinchar es asistir a un milagro raro: el de un tipo que no quiere convencerte de nada y que, precisamente por eso, te tiene atrapado hasta que barren la sala con las luces encendidas.
Sí, Villalobos es el último romántico de una fiesta que ya no existe.


