La escena electrónica se construyó sobre los cimientos de la diversidad, el escapismo integrador y una máxima sagrada: el baile como un espacio libre de opresión. Sin embargo, cuando el bombo se acelera hasta el delirio y los algoritmos imponen su dictado de consumo rápido, los viejos fantasmas encuentran una rendija por la que colarse.
Texto: Fernando Fuentes
Ponemos sobre la mesa una incómoda realidad que muchos preferían ignorar tras el sudor y los estrobos: la sutil, pero constante, infiltración del extremismo de derechas en las pistas de baile alemanas.
“No es un fenómeno nuevo en la historia de las subculturas urbanas”.
Ya lo vimos con el punk o el black metal, corrientes mutadas en su día para servir de altavoz a discursos del odio. La alarmante diferencia radica hoy en la velocidad de propagación. El Hardtekk, con su frenetismo y su arraigo digital, se ha convertido en el caldo de cultivo perfecto para colar consignas camufladas. Todo ello entre códigos de TikTok y listas de reproducción aparentemente inofensivas.
“El Hardtekk, con su velocidad frenética y su arraigo digital, se ha convertido, voluntaria o involuntariamente, en el caldo de cultivo perfecto para colar consignas camufladas”.
Lo más preocupante no es solo la aparición de simbología o gestos execrables en festivales. Sino la alarmante complacencia de una parte del público que se escuda en el manido -y cobarde- mantra de que “la música es apolítica”.
“Mirar hacia otro lado mientras el subgrave retumba no te hace neutral; te hace cómplice”.
La complacencia es el verdadero peligro. Si el clubbing renuncia a su memoria histórica y permite que discursos supremacistas colonicen el espacio que tanto costó levantar, la música electrónica dejará de ser un refugio de libertad para convertirse en una burda banda sonora de la intolerancia.
Toca apagar el piloto automático, cuestionar lo que bailamos y expulsar el virus fascista del subgrave antes de que sea demasiado tarde. Atentos todos.


