El reciente y viral incidente en Pacha Ibiza, donde Solomun arrebató el móvil a un asistente obsesionado con capturar el primer plano de su deificado rostro, ha reabierto la enésima e hipócrita batalla por el alma de la cultura club.
Texto: Fernando Fuentes
Para algunos, el gesto del bosnio-alemán ha sido una heroica defensa de la mística perdida; para otros, una grosera salida de tono. Lo verdaderamente fascinante es la ceguera de una escena incapaz de ver que el monstruo de las pantallas lo alimentamos, antes que nadie, los propios habitantes de la cabina.
Llevamos años analizando la metamorfosis del dancefloor. El diagnóstico siempre es el mismo: hemos cambiado la catarsis colectiva por el soliloquio digital. El club ha dejado de ser ese santuario contracultural, oscuro y anónimo, para convertirse en un plató de televisión iluminado a golpe de flash de última generación.
La pista ya no baila mirando al de al lado; posa mirando al objetivo. Queremos validar que estuvimos allí, que fuimos felices en alta definición, aunque para ello tengamos que sacrificar el mismísimo presente.
“Hemos cambiado la catarsis colectiva por el soliloquio digital”.
La paradoja roza el absurdo en la figura de Solomun. Hablamos de un DJ cuyo imparable ascenso global y estatus de mesías de la electrónica se ha aupado, además de lo estrictamente musical, sobre los cimientos del postureo más VIP. Sus Boiler Room virales, sus cabinas rodeadas de influencers de diseño y sus fiestas en Ibiza han consentido, fomentado y rentabilizado la tiranía de la imagen. Que ahora el artista se indigne porque un fan enajenado rompa la distancia de seguridad con un smartphone es, cuando menos, un ejercicio de cinismo ilustrado. Es quejarse de la lluvia tras haber invocado la tormenta.
“Solomun se ha aupado sobre los cimientos del postureo más VIP”.
La solución de la escena no puede pasar por los arrebatos de ira de DJs millonarios que muerden la mano digital que los alimenta. La batalla entre vivir la música o retransmitirla por streaming es real, pero no se ganará con manotazos. Se ganará cuando clubs y promotores entiendan que el verdadero lujo hoy en día ya no es una zona VIP, sino el derecho a la desconexión, al misterio y a la maravillosa libertad de perderse en la sombra.
Mientras tanto, la escena seguirá atrapada en su propio bucle: indignándose por un vídeo de Instagram, grabado por otro móvil, que todos terminaremos devorando en nuestras propias pantallas. Venga, no me jodas Solomun.


