El “zombi” del Testarossa apaga sus sintetizadores.
Texto: Fernando Fuentes
París se ha quedado un poco más fría esta noche. Es esa clase de frío analógico, de neón parpadeante y asfalto mojado que él tan bien sabía esculpir en sus pistas de baile. Vincent Belorgey, el hombre detrás de la cazadora de béisbol y las gafas oscuras de Kavinsky, ha fallecido a los 50 años. Fue hallado sin vida en su residencia de la capital francesa.
“Un fundido a negro inesperado para un corazón que latía a ritmo de caja de ritmos de los años ochenta”.
La noticia, que ha caído como un mazazo de graves sobre la escena electrónica internacional, nos obliga a despedir prematuramente a uno de los grandes artesanos del French Touch. Las primeras pesquisas apuntan a un fulminante accidente cerebrovascular. Un fundido a negro inesperado para un corazón que latía a ritmo de caja de ritmos de los años ochenta.
“Kavinsky no era solo un DJ; era el arquitecto de una mitología”.
Para los que devoramos la cultura de club con la devoción de un feligrés, Kavinsky no era solo un DJ; era el arquitecto de una mitología. Su propio alter ego -ese chaval macarra que, según su imaginario, estrelló su Ferrari Testarossa en 1986 y resucitó veinte años después convertido en un zombi nocturno para producir electrónica- era una declaración de intenciones.
“Vincent mezclaba la nostalgia ochentera con el house de vanguardia sin caer jamás en el pastiche barato”.
Era elegante, oscuro, cinematográfico. Su cumbre comercial llegó, por supuesto, cuando firmó la hipnótica “Nightcall” para la película Drive en 2011, facturando un himno generacional junto a Guy-Manuel de Homem-Christo que cambió las reglas del juego del pop electrónico moderno.
“Hoy su música, bailable y melancólica a partes iguales, se convierte oficialmente en patrimonio de la eternidad”
Quienes compartimos cabinas y páginas especializadas durante la edad de oro del clubbing sabemos que el hueco que deja es enorme. Apenas hace dos años, lo veíamos coronar el cielo de París en la clausura de los Juegos Olímpicos de 2024, reinterpretando su clásico ante el planeta entero junto a Phoenix y Angèle. Hoy su música, bailable y melancólica a partes iguales, se convierte oficialmente en patrimonio de la eternidad.
Buen viaje, Vincent. Pon los sintetizadores a máxima potencia allá donde estés. DEP.


