Hubo un tiempo -remoto, casi mitológico- en el que la palabra DJ evocaba de inmediato una estampa de opulencia. Imaginábamos a tipos con auriculares de oro, aterrizando en Ibiza a bordo de un Learjet privado, directos a descorchar champán en la zona VIP de Sant Antoni. Pero el ecosistema de la música electrónica muta más rápido que los bpm de un track de techno, y la realidad de quienes verdaderamente sostienen el ritmo de los clubes los fines de semana está hoy muy lejos del cliché del lujo. Con todos ustedes, los jornaleros del clubbing.
Texto: Fernando Fuentes
Una reciente bitácora visual compartida en redes sociales por un DJ y productor ha venido a darnos un certero golpe de realidad. No es un video más de postureo; es la radiografía perfecta y descarnada de lo que significa ganarse el pan entre dos ciudades, Barcelona e Ibiza, con el reloj corriendo en contra y las ojeras como único equipaje fijo. Una jornada laboral de 24 horas condensada en el trayecto de la clase obrera del ritmo.
“Mientras unos pocos elegidos siguen facturando millones y volando alto, la clase media del clubbing se lo tiene que currar a ras de suelo”.
Para este obrero del diyeismo, la jornada no arranca con un chófer en la puerta, sino pedaleando una bicicleta pública hacia el aerobús de Barcelona. No hay limusinas. Tampoco pasillos privados ni salas de espera exclusivas; lo que hay son las caminatas interminables por las terminales y vuelos comerciales de aerolíneas low-cost, aprovechados para arañar veinte minutos de sueño antes de que el avión toque el asfalto balear. Él mismo ironizaba en su trayecto sobre esa falta de lujos, recordándonos que el jet privado sigue siendo un mito inalcanzable para la inmensa mayoría.
Lo más sintomático de esta odisea ocurre al aterrizar en la isla. El DJ coge un taxi no para ir a un hotel de cinco estrellas, sino para recoger su propio coche, volver al aeropuerto y ejercer él mismo de conductor para recibir al headliner de la noche. Se puede maquillar con romanticismo, hablando de “conectar con el artista” y “estrechar lazos entre promotor y músico“, pero detrás de la anécdota se esconde la auténtica verdad de la industria actual: la autogestión total.
“El artista es hoy su propio mánager, su propio chófer y su propio relaciones públicas si quiere que las cuentas cuadren”.
La noche en el club transcurre entre disparos de adrenalina, un warm-up rápido para calentar motores, sudor, un set a cuatro manos (b2b) y el subidón de una pista entregada. Pero la magia de la cabina es efímera.
“A las 6:30 de la mañana, cuando las luces de Sant Antoni empiezan a clarear, el cuento de hadas electrónico termina”.
Lo que sigue es un afterhour casi obligatorio para rebajar las revoluciones cardíacas, una ducha rápida y la vuelta inmediata al bucle: el viaje de regreso metido en otra cabina de pasajeros con destino a la península, con la fatiga acumulada flotando en el ambiente.
“Quien piense que pinchar es solo fiesta, glamour y gloria, que se suba al aerobús a las doce del mediodía”.
Esta rutina anónima -pero dolorosamente común- demuestra que el circuito electrónico real se construye a base de oficio, resistencia física y una devoción inquebrantable que a veces roza el masoquismo.
Mientras unos pocos elegidos siguen facturando millones y volando alto, la clase media del clubbing se lo tiene que currar a ras de suelo, lidiando con los transbordos y el transporte público. Quien piense que pinchar es solo fiesta, glamour y gloria, que se suba al aerobús a las doce del mediodía.


