A nuestro periodista de música electrónica de cabecera Fernando Fuentes le cuesta encontrar diferencias entre algunos DJs y un florero. Aquí sabréis el porqué…
Texto: Fernando Fuentes
La noche ya no huele a pecado ni a vinilo, atufa a laca, a algoritmo y a estrategia de marketing. Yo he conocido noches que eran cuevas de Platón, pero con mejores graves, donde el DJ era un tipo borroso, un alquimista escondido en el vaho de la pista que nos manejaba la sangre sin pedirnos ni permiso, ni el DNI. Era el chamán de los expulsados, un operario de la sombra que no quería ser visto, solo ser sentido y bailado.
Ahora, la cabina es un altar para el narcisismo. El DJ ya no es un médium, es un busto parlante, un maniquí que se gusta en el iPhone mientras la música suena de fondo como quien pone el hilo musical en el hall de un hotel de lujo.
La electrónica, que nació como un grito de guerra de los raros, hoy es un filtro de Instagram, un blanqueado de dinero y de espíritu. Hemos pasado de la heroica resistencia al postureo de gimnasio low-cost sin que se nos mueva el flequillo.
“La pista de baile ya no es un refugio, sino un escaparate”.
El capitalismo, ese gran proxeneta de la autenticidad, ha decidido que la pista ya no es un refugio, sino un escaparate. Es el intrusismo de la dentadura perfecta. Ver a estas criaturas del papel cuché dándole a los botones es como ver a un dandy en un desguace: puro atrezo.
Estos floreros-DJS no buscan el trance, buscan el like. Y nosotros, en vez de sudar la deshonra y el baile, levantamos el móvil como monaguillos digitales, grabando el vacío para convencer al mundo de que estamos vivos.
“El oficio de pinchar se ha convertido en un accesorio de moda”.
Pero la realidad es más triste: no estamos en ninguna parte. La cabina está vacía de alma porque está llena de celebridades y no de DJS de verdad. El oficio de pinchar se ha convertido en un accesorio de moda, en el último grito de una fauna que no sabe distinguir un bombo de una caja, pero que sabe perfectamente cuál es su perfil bueno.
Sí, la noche ha muerto de éxito y nos la han servido en un vaso de plástico con mucha luz y poco misterio en lo que tardas en pedir otra copa.


