Ha tenido que venir la televisión pública alemana a ponernos delante del espejo el reflejo más oscuro, feo y nauseabundo de una escena que, con demasiada frecuencia, presume de valores que luego es incapaz de defender en la pista de baile.
Texto: Fernando Fuentes
El documental “Missbrauch: Insider schockt die Techno-Szene”, emitido por la cadena ZDF, no es un reportaje más sobre los excesos de la noche. Es una bofetada de realidad que desmonta de un plumazo esa idílica narrativa que el hard techno actual ha querido vender al mundo como un espacio de libertad, diversidad e inclusión.
No nos llamemos a engaño. El escándalo que involucra a los DJs CARV y ODymel -con admisiones parciales de conductas inaceptables y cancelaciones en cascada en festivales de la talla de Tomorrowland o Verknipt– es solo el síntoma de una enfermedad mucho más profunda y sistémica.
“Mientras los algoritmos devoran la música y las agencias de contratación inflan los cachés a golpe de likes y vídeos virales en TikTok, los cimientos éticos del clubbing parecen haberse disuelto en un vaso de sumisión química”.
Que la cuenta de Instagram MeTooDJ acumule ya más de 300 testimonios de mujeres relatando agresiones sexuales, violaciones y el uso indiscriminado de K.O. drops en zonas VIP y backstages no es una anécdota digital. Es la constatación de un fracaso colectivo.
“Es la prueba irrefutable de que, tras los focos cegadores, las producciones millonarias y los bombos atronadores a 160 BPM, sigue imperando el viejo y rancio abuso de poder de los de siempre sobre las de siempre”.
El miedo a denunciar, la vergüenza y el pánico a no ser creídas siguen campando a sus anchas en un sector que se dice de vanguardia pero que, en lo humano, a veces se arrastra por el pleistoceno.
“¿Y nosotros qué hacemos mientras tanto?”
Nos llenamos la boca con conceptos modernos. Hablamos de awareness, de zonas seguras, de protocolos de concienciación y de pulseras de colores en los festivales. Todo muy estético, muy corporativo, muy apto para la nota de prensa de rigor.
“Pero la cruda realidad que destapa esta investigación es que estas medidas siguen siendo, en demasiados casos, un simple lavado de cara de cara a la galería”.
Como bien apunta la DJ Caro van Ee en el documental, la estructura de la industria de la música electrónica necesita una purga interna basada en la tolerancia cero absoluta, caiga quien caiga y cueste los billetes que cueste.
“El techno nació en Detroit y Berlín como un grito de resistencia, un refugio para los marginados y un santuario de respeto mutuo”.
Si para mantener vivo el negocio de los grandes aforos tenemos que normalizar que acudir a un evento implique el riesgo de ser agredida o drogada sin consentimiento, entonces es que el clubbing ha muerto. Y lo que nos queda es un parque de atracciones macabro.
Es hora de apagar los móviles, dejar de mirar hacia otro lado cuando el DJ de moda está bajo sospecha y empezar a limpiar la casa desde dentro. El silencio ya no es una opción; es complicidad.


