¿Espejitos de plástico para la generación del ‘scroll’?

Nos la quieren colar otra vez. Resulta que ahora los mismos gurús que sepultaron el formato físico bajo toneladas de streaming barato nos venden, con fuegos artificiales estadísticos, que la Generación Z ha “redescubierto” el CD.

Texto: Fernando Fuentes

Nos hablan de un glorioso repunte del 14,4% en los ingresos de Universal Music como si las masas juveniles estuvieran asaltando en masa las pocas tiendas de discos independientes que quedan en pie. Permítanme que, al menos, esboce una sonrisa cargada de escepticismo.

“Buena parte de esa juventud que agota las ediciones especiales ni siquiera tiene un maldito reproductor de CDs en casa”.

Miremos el truco de magia de cerca. El dato no responde a una súbita epifanía melómana ni a una búsqueda de la pureza del sonido frente a la compresión digital. Responde al negocio del fetichismo. Cuando cualquier artista súper top lanza su último trabajo en nueve ediciones distintas de CD, no está vendiendo música: está vendiendo merchandising de plástico. Está vendiendo un cromo caro para una legión de seguidores atrapados en las dinámicas del coleccionismo completista.

“Se compra el CD por la misma razón que se compra una camiseta de Nirvana o de los Ramones, sin haberlos escuchado jamás: por pura estética vintage o por F.O.M.O.”

El gran drama de esta milonga es que gran parte de esa juventud que agota las ediciones especiales ni siquiera tiene un maldito reproductor de CDs en casa. El coche de sus padres ya no lo lleva, sus portátiles carecen de ranura y las minicadenas son arqueología industrial.

El disco compacto ha pasado de ser el soporte definitivo de la cultura musical a un mero objeto decorativo, un accesorio de fondo para posar en un vídeo de TikTok y acumular “likes”. Se compra el CD por la misma razón que se compra una camiseta de una banda de rock que jamás se ha escuchado: por pura estética vintage o por F.O.M.O.

“Fabricar un CD cuesta una miseria comparado con el vinilo. Es el negocio redondo”.

La industria, vieja zorra que se las sabe todas, se frota las manos porque fabricar un CD cuesta una miseria comparado con el vinilo. Es el negocio redondo: costes de producción bajísimos y precios de venta inflados bajo la etiqueta de “objeto exclusivo”.

Mientras nos sigan intentando colar la nostalgia embotellada como si fuera una revolución cultural, yo seguiré desconfiando de los titulares amables de los despachos corporativos.

Al final, todo se reduce a lo de siempre: mucho ruido digital y muy pocas ganas de escuchar de verdad.

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