La impostura del falso costumbrismo: de la zona “solo para ricos” de los clubs de Ibiza a ‘La Casita’ de Bad Bunny.
Texto: Fernando Fuentes
Hubo un tiempo en que la pista de baile era el último reducto democrático de la modernidad. Un espacio sagrado de comunión, sudor y anonimato donde la única jerarquía válida la dictaba el ritmo. Hoy, sin embargo, contemplamos el entierro definitivo de aquella utopía colectiva. Devorada por un capitalismo de pasarela y postureo que ha fracturado el ocio musical en dos mitades irreconciliables. Y aunque el síntoma más evidente de esta segregación física nació en los super clubs de Ibiza, la mutación más perversa y sofisticada de este clasismo no ocurre en la isla blanca, sino bajo los focos de los macroestadios que llena Bad Bunny.
“El dinero compra distancia y comodidad”.
Lo de Ibiza ya nos lo sabemos: es el expolio tradicional del espacio. En templos del clubbing las pistas de baile tradicionales son deliberadamente masificadas, comprimidas y asfixiadas con el único fin de maximizar la rentabilidad de las zonas VIP. Pagar una mesa de tres o cuatro ceros te otorga el derecho divino de mirar por encima del hombro al resto de los mortales. Es la tiranía del palco de siempre: el dinero compra distancia y comodidad. Un modelo de exclusividad frío, honesto en su propia ambición materialista y predecible.
“ ‘La Casita’ es en la práctica, un insulto flagrante a la inteligencia de sus seguidores”.
Pero lo que ha perpetrado Bad Bunny en su última gira lleva esta misma lógica segregacionista a una dimensión mucho más retorcida. Envolviéndola en un peligroso lazo de hipocresía cultural. Sobre el césped del Riyadh Air Metropolitano de Madrid, el puertorriqueño plantó “La Casita“, una réplica exacta de una vivienda tradicional del Puerto Rico rural y trabajador. En teoría, un precioso monumento estético a las raíces caribeñas, a la identidad popular y a los desposeídos. Esos mismos a los que tanto defiende en sus letras combativas contra la gentrificación de su isla. En la práctica, un insulto flagrante a la inteligencia de sus seguidores.
El verdadero escándalo de “La Casita” no es que sea un reservado; es la perversión de su concepto. Esa humilde estructura de madera, símbolo de la clase obrera boricua, fue transformada en el búnker VIP definitivo del recinto. En su interior, blindado ante las miradas de la plebe y dotado de barra privada y futbolines, Benito alojó a su corte personal de elegidos: deportistas de élite y sus novias, influencers de moda, bellas modelos perreando y empresarios multimillonetis.
“Los ricos jugaban al futbolín dentro de la simulación de una casa pobre”.
Mientras la masa -esa que pagó entradas a precios prohibitivos tras sufrir la ansiedad de las colas virtuales- se agolpaba y sudaba en la pista, los potentados jugaban a ser Dios dentro de la simulación de una casa pobre. Se produjo así un macabro zoológico invertido: la élite económica divirtiéndose dentro del decorado de la escasez, aislada del propio pueblo que financia el espectáculo.
“Ibiza segrega por dinero y no lo oculta; Bad Bunny lo hace utilizando el disfraz de la pobreza”.
Asistimos a una apropiación estética intolerable. La misma valla que te aparta de la mesa VIP en una discoteca ibicenca es la que te impide entrar a la falsa choza comunitaria de la superestrella del reguetón. Pero mientras el club de Ibiza te dice “no entras porque no eres rico”, el escenario de Bad Bunny te dice “homenajeo tus raíces mientras meto a los ricos en tu casa y a ti te dejo fuera”.
“La música ha dejado de pertenecer a los que bailan”.
Nos han robado la experiencia colectiva para transformarla en un recordatorio constante de a qué lado de la cuenta corriente perteneces. Ya no importa si el DJ internacional pincha desde el Olimpo de un reservado balear o si el icono global canta desde el porche de una cabaña blindada para millonarios. El veredicto es idéntico y desolador: la música ha dejado de pertenecer a los que bailan; ahora le pertenece al mejor postor y a su falsa empatía de escaparate de lujo ante el que los pobres, y los feos, pegamos la nariz para soñar con lo que hay dentro.


