Adiós a Juan Atkins, el hombre que maquinó el techno

El futuro se quedó sin arquitecto.

Texto: Fernando Fuentes

El cable se ha desconectado. La fría automatización de la máquina hoy llora con alma de funk. El pasado 31 de octubre, mientras el planeta se disfrazaba para celebrar una noche de espectros y neones en pleno Halloween, el verdadero fantasma en la máquina decidió dejarnos.

“El mesías de la rítmica maquinal ha muerto a los 64 años en Ciudad de México”.

El creador absoluto, el mesías de la rítmica maquinal y el vértice alfa de The Belleville Three, ha fallecido a los 64 años en Ciudad de México. Se ha ido silencioso, en la habitación de su hotel, apenas unas horas antes de subirse a la cabina del YuYu Cine Club para dictar otra de sus clarividentes lecciones de futurismo sónico.

“Un infarto fulminante apaga al hombre, pero deja intacto un ecosistema cultural indomable”.

Para entender el tamaño del cráter que deja su partida, hay que despojarse del reduccionismo de los festivales de masas y viajar a la Detroit postindustrial de principios de los ochenta. Allí, donde la decadencia del motor dejaba paso al rugido de la chatarra y al desencanto social, Atkins no vio un cementerio urbano. Lo que vio un lienzo en blanco para la ciencia ficción.

“Influenciado de forma obsesiva por las teorías sociológicas de Alvin Toffler y su libro La tercera ola, Juan entendió antes que nadie que el futuro no se iba a bailar con guitarras, sino con la precisión milimétrica de los microchips”.

Junto a Richard Davis dio vida a Cybotron. De sus mentes brotó “Alleys of Your Mind” y esa obra cumbre del electro-funk llamada “Clear”, un puzle rítmico que cambió el curso de la música urbana y cuyo arpegio ascendente sigue resonando en el ADN del hip-hop y el pop global contemporáneo.

Pero Atkins quería más. No le bastaba con mutar el electro. Necesitaba bautizar a su propia criatura. Y lo hizo. Agarró el alma negra del funk de Parliament, la rigidez sintética y marciana de Kraftwerk, lo metió todo en una coctelera analógica y lo llamó Techno.

“Bajo el alias Model 500 y desde las trincheras de su propio y legendario sello, Metroplex Records, Atkins parió biblias bailables como “No UFO’s” o “Night Drive””.

No buscaba la fama artificial, ni los ránkings de usar y tirar que hoy obsesionan a la industria. Buscaba la trascendencia a través de la frecuencia. Él le enseñó a Derrick May y a Kevin Saunderson cómo cerrar sus primeros discos. Construyó el puente transatlántico que unió la resistencia de Detroit con el cemento del club Tresor en el Berlín unificado de los noventa.

“Era el pegamento conceptual de una revolución que nunca pidió permiso para conquistar el mundo”.

Hoy la escena electrónica internacional camina huérfana de manual de instrucciones. Juan Atkins siempre defendió que un gran DJ es un líder y que el público siempre busca qué es lo que viene después. Ahora que el creador ha cruzado al otro lado del espejo analógico, nos queda su mapa de carreteras sónico.

El futuro ya está aquí, Juan, y suena exactamente como tú lo imaginaste.

Descansa en paz, Model 500.

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