A propósito de lo de la Pedroche como DJ

Warm-up de balde (o el derecho de admisión en la cabina).

Texto: Fernando Fuentes

Véreis, véreis… Te lo dicen por los mentideros de la meseta y te lo repiten en los corrillos de la isla blanca con esa mueca de promotor resabiado que guarda un secreto sucio que, en el fondo, arde por compartir. La última liturgia del clubbing patrio no ha tenido como protagonista a un productor de Berlín encerrado cinco horas en su búnker, ni a un purista del vinilo. Qué va.

“La gran traca de cierre de la temporada ibicenca nos ha regalado el debut en la cabina de Cristina Pedroche. Sí, la misma”.

Como era de esperar, los guardianes del tarro de las esencias electrónicas han saltado a la yugular digital con el cuchillo entre los dientes. “Intrusismo”, “postureo”, “escoria”. Los clásicos improperios de quien ve la música como una propiedad privada y no como una pista abierta.

“Ella ha saltado la cola por la puerta VIP. Es el privilegio de la celebridad, el peaje del famoseo en la era del algoritmo”.

La presentadora, que venía avisando de que lo suyo con los bombos a cuatro cuartos era una epifanía tardía, ha salido al paso con una verdad tan incontestable como incómoda: pinchó en StreetXO Ibiza -que es su casa, el chiringuito de alta cocina que comparte con Dabiz Muñoz-, ante trescientas almas que fueron a apoyarla y, para colmo del sector, cobrando exactamente cero euros.

“Aquí es donde a uno, que peina canas entre faders, ecualizadores y miles de páginas escritas sobre esta bendita cultura, le da por sonreír”.

Hablemos claro: la cabina de DJ siempre ha tenido algo de altar místico y mucho de escaparate egoico. Que Pedroche confiese haber entrado en «un trance» y en un «sitio rarísimo» no es una exageración televisiva; es la vieja y maravillosa droga del DJ. Esa descarga de adrenalina que te da el control del ritmo cardíaco de una pista.

“¿Le roba el trabajo a un profesional? Difícilmente”.

La diferencia es que el común de los mortales se pasa diez años pinchando para cuatro amigos en garitos oscuros que huelen a cerveza rancia antes de que alguien en Ibiza le deje siquiera mirar el crossover. Ella ha saltado la cola por la puerta VIP. Es el privilegio de la celebridad, el feliz peaje del famoseo en la era del algoritmo.

¿Le roba el trabajo a un profesional? Difícilmente. Si eres el dueño del bar, tienes derecho de admisión y, desde luego, derecho de pinchar. Faltaría más. Sentenciar que una sesión es un insulto a la profesión porque la firmante no tiene el lomo curtido en las raves de los noventa es no entender cómo funciona el negocio hoy en día. Ya lo hicieron Paris Hilton y Fonsi Nieto en su momento.

“La electrónica de consumo masivo dejó de ser un secreto de iniciados hace mucho tiempo; ahora es entretenimiento, espectáculo y, a veces, relaciones públicas”.

Pedroche dice que ha estudiado, que ha practicado cada segundo y que estuvo respaldada por un clásico de la isla como el bueno de Sebastián Gamboa. Bien por ella. El problema no es que pinche gratis en su local; sería que el respetable confunda el brillo de los focos con el arte de hilar historias a través del sonido. Que disfrute del juguete y de la resaca emocional.

“El tiempo -y el oído de la pista- pondrá a cada uno en su sitio”.

Al fin y al cabo, en este patio de vecinos digital donde todos pontifican sin bajarse del coche, ver a alguien bailar detrás de los platos sin pasar por caja, al menos, tiene el valor de la honestidad empresarial.

El tiempo -y el oído de la pista- pondrá a cada uno en su sitio. A la Pedroche como DJ también. Pinchando con gafas de sol y con los cascos de adorno. Va, suban el fader.

Te puede interesar

Playlist Artista del Mes

logo_vicious

Vicious Magazine es una marca registrada de Vicious Media ©.

Todos lo derechos reservados . I Love Vicious SL