Papá, quiero ser DJ (y no médico…)

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los niños querían ser astronautas para huir de la Tierra o bomberos para apagar fuegos reales, de esos que queman la piel y no el orgullo. Ahora los adolescentes de Estados Unidos, Australia y medio mundo anglosajón lo que quieren es subirse a una cabina, ponerse unos auriculares enormes en una sola oreja y mirar al público con esa cara de profunda concentración que antes se reservaba para los cirujanos de tórax.

Texto: Fernando Fuentes

Ser DJ ya es el trabajo soñado, superando oficialmente a la medicina y a la enfermería. Hemos cambiado el bisturí por el mezclador de frecuencias; el juramento hipocrático por el drop perfecto.

“En España y Latinoamérica seguimos encallados en el deseo de ser youtubers”.

Hay algo profundamente tierno y, a la vez, aterrador en este cambio de guardia espiritual. Mientras en el norte sueñan con pinchar discos, en España y Latinoamérica seguimos encallados en el deseo de ser youtubers. Es una división geográfica hermosa: unos quieren que los miren mientras bailan y otros quieren que los miren mientras hablan de la nada.

El caso es que ya nadie quiere curar a nadie. El prestigio social ya no se mide por las vidas que salvas en una guardia de veinticuatro horas con el café frío en las venas, sino por la capacidad de hacer que tres mil personas levanten los brazos a la vez bajo una lluvia de confeti.

“El caso es que ya nadie quiere curar a nadie”.

Esto ocurre porque la medicina te enfrenta a la verdad más cruda de la carne, al dolor y a la finitud, mientras que la música electrónica te promete una juventud eterna que dura exactamente lo que tarda en apagarse el amplificador.

El DJ es el chamán de una tribu que no quiere madurar. No hay que estudiar un MIR ni memorizar los huesos del cuerpo humano; basta con intuir el pulso de la noche y tener el suficiente amor propio como para creer que tu lista de reproducción de Spotify es una obra de arte contemporáneo.

“Es más fácil aprender a sincronizar dos canciones en una pantalla digital que aprender a coser una arteria”.

Sospecho que este éxito de la cultura de club sobre los hospitales es el síntoma definitivo de una sociedad exhausta. La medicina fatiga solo de mirarla; exige una entrega que este siglo, obsesionado con el beneficio rápido y el aplauso inmediato, no está dispuesto a conceder. Es más fácil aprender a sincronizar dos canciones en una pantalla digital que aprender a coser una arteria.

“Nos vamos a morir igual, pero al menos el ritmo será impecable”.

El problema llegará, claro, cuando tengamos treinta y nueve de fiebre y el único que esté disponible para atendernos sea un tipo con sudadera tres tallas más grande dispuesto a recetarnos un remix de techno berlinés. Nos vamos a morir igual, pero al menos el ritmo será impecable.

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