Hubo un tiempo en que los festivales nacían de un arrebato de locura romántica y barro en las botas. Hoy, la escena electrónica europea se cocina en despachos con moqueta donde el bombo solo importa si cuadra el balance trimestral.
Texto: Fernando Fuentes
En esta era donde el algoritmo rey dicta lo que debemos bailar, sentir y consumir, parecía cuestión de tiempo que el último reducto de libertad -la pista de baile– fuera empaquetado, tasado y vendido al mejor postor.
“A la cultura club de este continente le han puesto corbata”.
El último síntoma de esta enfermedad del capitalismo salvaje nos lo ha servido en bandeja el canal cultural ARTE con su demoledor documental “Festivals in Konzernhand”. Un espejo incómodo que nos recuerda lo que muchos llevamos tiempo rumiando en la penumbra. A la cultura club de este continente le han puesto corbata.
“Que cuatro transnacionales -Live Nation, CTS Eventim, AEG y Superstruct- controlen más de 150 festivales europeos no es una evolución de mercado; es un secuestro cultural”.
La jugada es maestra y perversa. Compran el booking, compran la ticketera, compran la sala y, finalmente, te compran a ti. Es la “KPI-ficación” absoluta del hedonismo. Ya no importa la narrativa de un cartel, ni la apuesta por el talento local, ni ese bendito riesgo artístico que antes separaba a un selector sonoro de un mero DJ florero. Lo único que importa es el retorno de la inversión.
El verdadero drama saltó por los aires cuando la firma de capital privado KKR hincó el diente a Superstruct, engullendo de una tacada tótems de nuestra fisonomía emocional como el Sónar Barcelona o Boiler Room.
“Que un fondo de inversión con intereses cruzados en la industria armamentística sea el dueño de los escenarios donde pretendemos evadirnos roza el delirio distópico”.
Afortunadamente, la comunidad artística ha plantado cara. Más de 80 creadores firmando cartas abiertas y gestos de dignidad. Como el de DJ Aya cancelando su set en Boiler Room demuestran que, por mucho que lo intenten, el sudor y la catarsis no se pueden auditar tan fácilmente.
El peligro real de este monopolio vertical no es solo que te claven setenta euros de “gastos de gestión” por un PDF autogenerado. El drama es el miedo que inoculan en las cabinas y en las oficinas de los promotores independientes.
“Cuando el circuito pertenece a los mismos cuatro gigantes, los carteles se vuelven intercambiables”.
El festival se convierte en una fría extensión de la oficina. En un parque temático clónico donde cambian las luces pero las caras (y los precios) son exactamente las mismas de Fráncfort a Barcelona.
“Es imperativo respaldar al circuito independiente y mantener los fondos buitre alejados de la cultura de club”.
Uno no asiste a un festival para validar las métricas de un fondo de inversión. La experiencia del arte genuino busca la comunión colectiva a través de vivencias que se graban en la memoria emocional y no en servidores corporativos. Es imperativo respaldar al circuito independiente y mantener los fondos buitre alejados de la cultura de club. Ya veremos…


