Hubo un ayer en que el techno no se bailaba con los brazos en alto buscando la pantalla del IPhone, sino con los ojos entornados, intuyendo el futuro entre el humo de un sótano industrial. Viene esto a cuento de la última y lúcida bofetada de realidad que nos ha pegado Jeff Mills.
Texto: Fernando Fuentes
El de Detroit, que a sus 63 años mantiene la misma mirada felina y el rigor geométrico de quien esculpió el sonido del mañana, ha vuelto a proyectar aquel mítico directo del Liquid Room de Tokio (1995). Y todo ello para recordarnos algo crucial: el techno no es una etiqueta, ni un BPM enfurecido para consumo rápido de festival masificado. Era, y debe seguir siendo, un lenguaje extraterrestre nacido del riesgo.
“El techno, como concepto y herramienta de vanguardia, parece atrapado en un bucle predecible”.
Ver al Mills de treinta y pocos años en esa cinta -sudando la gota gorda, peleándose con tres platos, doblando el espinazo para rebuscar en la maleta de discos con una velocidad casi violenta- es asistir al nacimiento de una mística. Una mística que hoy cotiza a la baja en una escena electrónica que a menudo confunde la salud cultural con la salud financiera.
Sí, el negocio del clubbing vive una era dorada de recintos llenos y cachés astronómicos, pero el techno, como concepto y herramienta de vanguardia, parece atrapado en un bucle predecible. Nos hemos aburguesado. El algoritmo ha sustituido a la intuición y la pose ha devorado a la propuesta.
“El techno de verdad nunca fue música de evasión, sino de confrontación y de exploración espacial y mental”.
Frente a este panorama de parques temáticos musicales, surge un necesario bloque de resistencia. Una guerrilla de productores contemporáneos que se niega a pasar por el aro de la comercialización y mantiene viva la trinchera de la experimentación profunda.
En esta primera línea de combate la representación nacional ruge con fuerza inusitada. España aporta pilares indiscutibles de coherencia oscura y mental como Oscar Mulero, Reeko o Pushmann, guardianes del techno más quirúrgico e implacable. A ellos se suman la rebeldía industrial de Héctor Oaks, la crudeza hipnótica de Psyk y la siempre vanguardista visión de Cora Novoa, demostrando que en nuestra península sabemos muy bien cómo golpear el mentón del sistema comercial.
En la misma barricada internacional resisten la precisión psicodélica del japonés Wata Igarashi, la electrónica física de Rrose, las propuestas multidisciplinares de Dasha Rush y el misticismo analógico de Setaoc Mass. Ellos son la prueba de que el pulso del mañana no se ha extinguido.
“El techno era, y debe seguir siendo, un lenguaje extraterrestre nacido del riesgo”.
Dice Mills con el aplomo de los sabios que “hay trabajo por hacer” y que el techno “intenta enseñarnos algo que vamos a necesitar”. Tiene toda la razón. El techno de verdad nunca fue música de evasión, sino de confrontación y de exploración espacial y mental. Cuando la música se vuelve demasiado cómoda, pierde su alma.
“Menos luces de estadio, menos postureo y más sudor, riesgo y vinilo”.
La vigencia de este arte no se mide en los likes de un DJ de moda, sino en la capacidad de seguir sonando peligroso e inaccesible para la mente cuadriculada del mercado. Menos luces de estadio, menos postureo y más sudor, riesgo y vinilo. Esa es la tarea pendiente si no queremos que el futuro termine convirtiéndose en un aburrido eco del pasado.


