Nos están vendiendo un futuro empaquetado en silicio que apesta a un plástico que no es vinilo. Corre por ahí el mantra apocalíptico -fustigado por los gurús del big data y los feroces contables de la industria- de que la Inteligencia Artificial devorará el 99% de la música electrónica.
Por Fernando Fuentes
Nos bombardean con cifras mareantes: que si el 44% de la morralla que se sube a las plataformas ya la firma un bot. Que si empresas en Málaga o Madrid facturan artistas virtuales como quien hace churros en una feria tecnológica. Todo muy moderno. Todo muy aséptico. Y todo, absolutamente, mentira.
Vamos a ver, aclaremos los conceptos antes de que nos confisquen los Technics. Una cosa es que el productor de turno use un algoritmo para ecualizar un bombo, limpiar una frecuencia o masterizar una pista en su estudio de madrugada. Eso no es el futuro; eso es la evolución lógica del software, el enésimo plugin en una cadena que empezó cuando el primer visionario conectó un cable a un sintetizador analógico. El uso asistido es supervivencia técnica, no sustitución creativa.
El verdadero drama -y la gran falacia- es creer que un maldito código va a suplantar la cultura de club. ¿De verdad alguien con dos dedos de frente y un mínimo de suela gastada en el barro de un club o un festival piensa que el futuro de la electrónica es un algoritmo huérfano de alma?
“La electrónica española no son matemáticas; son vísceras“.
Es la tensión eléctrica que se genera en una habitación oscura cuando gente como Oscar Mulero impone su cátedra de techno mental en el Fabrik. Cuando Uner te rompe la cadera a base de groove indomable, o John Talabot dibuja paisajes mentales que te vuelan la cabeza. Esa mística no la replica ChatGPT ni en un millón de años de autoaprendizaje. La IA no sabe lo que es la empatía, no entiende el contexto social de una rave, ni sufre la resaca emocional de una noche perfecta en un club madrileño.
“La IA es el Santo Grial del capitalismo salvaje: música sin rostro a la que no hay que pagarle derechos de autor”.
Y mientras intentan colarnos el timo del “artista virtual”, los sospechosos habituales de las multinacionales ya se frotan las manos en sus despachos de la Gran Vía. Para las grandes discográficas y las plataformas de streaming, la IA es el Santo Grial del capitalismo salvaje: música sin rostro a la que no hay que pagarle derechos de autor, que no exige porcentaje de royalties y que no se queja si la entierran en una playlist de relax para oficinas. Es el sueño húmedo de la industria: monetizar el arte destruyendo al artista.
“La protección intelectual pertenece al ser humano, a la chispa creativa”.
Pero se van a estrellar contra el muro de la propiedad intelectual y de la decencia jurídica. El marco legal de los derechos de autor en Europa es tajante: la protección intelectual pertenece al ser humano, a la chispa creativa, no a un procesador de datos que se dedica a fagocitar y saquear el catálogo histórico de los verdaderos pioneros para vomitar un refrito genérico. Registrar música hecha al 100% por un bot es una aberración legal que solo busca diluir el valor del trabajo real.
“Quieren fábricas de hilos musicales infinitos para una generación anestesiada”.
Quienes sueñan con ese 99% de música robótica son los mismos que ven el arte como “contenido” consumible al por mayor. Quieren fábricas de hilos musicales infinitos para una generación anestesiada. Pero el clubbing de este país es, por definición, resistencia. El error humano, el desajuste, la imperfección y la firma de un creador de carne y hueso son los únicos muros de contención que nos quedan frente a la gran estafa de la estandarización algorítmica.
No amigos, el software podrá imitar el patrón, pero jamás la actitud. Y en la música electrónica, la actitud lo es todo. Nos vemos en los clubes. Con humanos a los mandos y defendiendo el derecho a la creación y al error, por supuesto.


