¿Es la ciencia la única que podrá rescatar a una escena clubbing con la lengua fuera?
Texto: Fernando Fuentes
Seamos sinceros: la escena electrónica actual huele a chamusquina y a plástico barato. Entre el postureo de Instagram, los vuelos low cost que nos están dejando el planeta (y el cerebro) hecho unos zorros, y ese modelo de negocio que exprime a los DJs hasta dejarlos como una uva pasa, el clubbing pide a gritos un extintor. O volvemos al barro, a la comunidad y al kilómetro cero, o esto revienta por todas sus costuras.
Mientras nosotros quemamos suela, hay DJS en el backstage lidiando con alopecia, bulimia y depresión de caballo. El “éxito” era esto: vivir en un jet lag perpetuo y tener el ritmo circadiano más frito que el pollo del KFC.
Menos gintonics y más sinapsis
Si los políticos nos tratan como a borrachos molestos, les vamos a responder con ciencia de la buena. Basta ya de decir que salir de fiesta es “perder el tiempo”. Lo que pasa en una pista oscura y sudorosa es un milagro químico. No es que estés “puesto” (o no solo eso), es que tu cerebro está segregando dopamina, serotonina y opioides naturales a mansalva. La ciencia dice ahora que pegarse un baile es mejor para el coco que hacer crucigramas en el sofá. ¡Toma ya!
De pinchar discos a recetar beats
Oye, que esto de ser DJ igual cura el TDAH. Imagínate el percal: en vez de pastillas, el médico te receta dos horas de techno pistero y tres sesiones de mezcla analógica.
El clubbing es una necesidad biológica
El clubbing no es un capricho de niños ricos ni un nido de vicio; es una necesidad biológica. Si logramos que los estirados que mandan desde las diferentes administraciones entiendan que el club es un laboratorio de salud mental, igual dejan de cerrarnos los garitos y empiezan a financiarlos como centros de terapia.
Menos vuelos absurdos, menos ego y más sudor terapéutico. Porque, al final, lo único que importa es que cuando el bombo entra, el mundo se calla y las neuronas celebran. ¡Nos vemos en la pista (si el cuerpo aguanta)!


