Al leer sobre los 25 años de la Clubcommission de Berlín (en la foto), es inevitable sentir un pellizco de sana envidia y, acto seguido, una profunda punzada de realidad al mirar lo que ocurre en nuestras propias fronteras.
Texto: Fernando Fuentes
En la capital alemana la cultura de club se sienta en las mesas de la administración pública para discutir sobre normativas urbanísticas, licencias y protección cultural. Y todo ello entiendo como un pilar fundamental de la ciudad. En España el clubbing sigue atrapado en un bucle eterno entre el acoso administrativo, la gentrificación y la incomprensión institucional.
“En este rincón del sur de Europa, la electrónica nunca ha terminado de estar institucionalmente asentada”.
Berlín entendió hace un cuarto de siglo, tras las redadas y cierres que asfixiaban su subcultura a finales de los 90, que los clubes no eran simples despachos de bebidas nocturnas. Eran, y son, verdaderos espacios de resistencia y dinamización cultural. Crearon una red pionera, una voz política con cara y ojos capaz de plantarle cara al implacable desarrollo inmobiliario.
“Aquí no hay una Clubcommission que proteja al pequeño club de vanguardia frente al fondo buitre que decide triplicar el alquiler de la sala”.
¿Y qué pasa en España? Aquí el panorama baila a un ritmo radicalmente distinto, mucho más precario y desamparado. En este rincón del sur de Europa, la electrónica nunca ha terminado de estar institucionalmente asentada. A pesar de contar con marcas de renombre internacional, festivales de masas que inyectan millones a la economía y clubes que son templos mundiales, la escena española carece de una armadura política unificada.
“Dejen de tratarnos como el problema para empezar a entendernos como la riqueza cultural que somos”.
Aquí no hay una Clubcommission que proteja al pequeño club de vanguardia frente al fondo buitre que decide triplicar el alquiler de la sala. No hay un escudo legal que impida que un ayuntamiento clausure un bastión cultural de la noche alegando normativas obsoletas de ruidos que jamás se aplican con el mismo rasero a las terrazas turísticas.
“En España, en cambio, sigue viendo el clubbing como un negocio de ocio nocturno puramente mercantil y molesto”.
El síntoma definitivo de esta desconexión y de una industria que a menudo parece devorarse a sí misma lo estamos viviendo este mismo verano en mecas como Ibiza. La proliferación del clubbing clandestino de lujo -donde macroestructuras ilegales en mitad del campo contratan a DJs internacionales saltándose toda norma- no es más que el reflejo de un sistema saturado. Es el resultado de arrinconar el circuito de salas regulado bajo una presión fiscal y burocrática asfixiante, mientras el circuito comercial se masifica y el underground se ve forzado a mutar, a veces de forma irresponsable, en las sombras.
“Nos falta madurez política, unión gremial…”.
La música electrónica es cultura, es baile y es libertad. Berlín lo sabe y por eso celebra sus bodas de plata institucionales protegiendo sus cimientos. España, en cambio, sigue viendo el clubbing como un negocio de ocio nocturno puramente mercantil y molesto. Ignorando el valor social que late bajo los estrobos. Nos falta madurez política, unión gremial y, por encima de todo, que dejen de tratarnos como el problema para empezar a entendernos como la riqueza cultural que somos.
La música no va a parar, pero ya va siendo hora de que en este país empecemos a redactar nuestras propias reglas de juego antes de que las pistas se queden completamente a oscuras.


